Siempre hay una noche al año en la que The Dark Side of the Moon suena en mi ordenador. Sí, ya hace tiempo que no suena en mi walkman, discman o mp3: suena en mi ordenador.
La primera vez que lo escuché creo que fue... seguramente fue hace mucho, gracias a alguna cinta de casete de mi hermano, escogida al azar entre otras tantas cintas no rebobinadas. Creo que el encanto de ese sistema residía en que en cualquier momento dejabas de escuchar una cinta y, tiempo después, al volver a introducirla en la mini cadena, ésta no comenzaba desde el principio, sino desde donde se paró por última vez. Darle a reproducir y retomar la grabación en cualquier punto de la misma, ¡qué osado!
A veces me enfadaba tener que dar marcha atrás, pues existía ese amargo peligro de que la cinta se trabara entre las ruedecitas y acabara siendo carne de cañón, o alimento del metal.
Ayer leí de reojo que el diseñador de la portada del mítico álbum de los Floyd ha muerto. Metáfora de su propia creación: luz descompuesta en siete colores. Siete almas para siete notas: do, re, mi, fa, sol, la si... vuelta a empezar.
The Dark Side of the Moon habla de la locura y de la muerte, de la soledad y del apuñalamiento social frente un buen fuego, en casa, tras un día asquerosamente monótono. Tal vez la conciencia colectiva de los setenta dio un vuelco tras Breathe, Time o Brain Damage. La verdad es que no tengo ni idea, pues yo aún estaba por nacer... Pero tiene toda la pinta.
Esta noche, desde las 4:28, Dark Side of The Moon ha sonado en mi dormitorio. No he podido evitar coger la guitarra y arpegiar un par de estribillos.
En honor a la verdad, los óbitos son la mejor publicidad para el arte: parte de esa cualidad humana que nos perturba y nos define.
Además, este año ya he cumplido.
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